...Como
dice Sabina en su canción. Y más me mató aún dejarla. Casi un mes
recorriendo sus calles, parques, bares, restaurantes, teatros, salas
de conciertos, boliches... hizo que me integrase totalmente en su
vida, su rutina. Y es que Buenos Aires derrocha vida.
Barrio de La Boca.
La célebre esquina de Caminito.
Tango y más tango para deleite de los turistas.
Tratando de quitarle la bola a Maradona, todo un símbolo de La Boca.
Ilustres argentinos saludan a los paseantes desde los balcones.
Que
me sintiera como en casa, también tuvo que ver con el fantástico
departamento de mi gran amiga, en pleno barrio de Belgrano,
con que su familia me tratase de manera inmejorable y sus amigos me
hicieran sentir como uno más del grupo. Esto significó asados los
domingos con Cynthia, Bernardo y su familia; cenas en casa de Maca o
Antonela; comidas en casa de Pula, en plena calle Corrientes, por
donde -como dice ella- pasa la vida; salidas a los alrededores
en coche; paseos en bici por San Isidro; celebrar la boda
civil de Belu; ver con Jiuliano y sus colegas como el Madrid (o al
Real, como dicen acá) humillaba al Barça; recorrer la ciudad en la
moto de Joaco para ir a Avellaneda a ver a Racing y que le
inviten a uno a la entrada, la cerveza y el Fernet... ¡Mil gracias a
todos! Espero poder corresponderos algún día.
Celebrando con Joaco la victoria de Racing.
Otro
aspecto que me hacía sentir como en casa, era el recuerdo de
Madrid. Aunque inmenso y cosmopolita como Nueva York, el aire
latino-europeo de Buenos Aires y el calor acogedor de sus
habitantes hacían que viese las luces de los teatros de la Gran Vía
cuando paseaba entre los de Corrientes, el Rastro cuando los
domingos acudía al mercado de San Telmo o el barrio Salamanca
en algunos tramos de las calles Córdoba y Callao.
Centro, Palermo, Recoleta y más.
Cabildo en la plaza de Mayo.
La extraña catedral neoclásica de Buenos Aires.
Carteles reivindicativos en la Plaza de Mayo. Al fondo, la Casa Rosada.
Haciendo el payaso con los soldados de plomo de la Casa Rosada.
Eva Perón en la 9 de julio, la avenida más ancha del mundo.
Buenos Aires, ciudad graffitera.
El Congreso.
Establecimiento emblemático consumido por las llamas, en la calle Callao.
Los Bosques de Palermo.
Cementerio de la Recoleta.
Facultad de Derecho.
Una bulldog francesa atemorizando a un gran danés.
Y después de la victoria... un merecido premio.
Estadio Monumental de River Plate.
Lujo en Puerto Madero.
Atención a las traducciones en spanglish.
La Villa 31 desde la autopista. Detrás, rascacielos del centro.
Los canales de Tigre, en zona norte.
Barrio de San Telmo.
Tren de madera de la línea A de Subte, en la estación de Perú.
Mercado de los domingos en las calles de San Telmo.
Mercado de San Telmo.
Pasión y arte en las milongas de la plaza Dorrego.
Entre
la música en directo, destacar el concierto de Kevin Johansen
con el dibujante Liniers. Si sus letras son divertidas, sus
directos no lo son menos. Un showman. La semana siguiente, en Niceto
Club, la misma sala de Palermo, llegó el turno de Onda
Vaga. Uno de los muchos buenos grupos y artistas que voy
descubriendo por el camino. Entre medias, dos fiestas de percusión
de La Bomba de Tiempo, en el Konex. Unos genios. No podían
faltar las milongas de tango, los músicos callejeros y una fiesta de
salsa bien cañera.
Concierto de La Bomba de Tiempo en el Konex.
Concierto de Onda Vaga en Niceto.
De
las dos obras de teatro que tuve la oportunidad de ver, una la
recordaré siempre por su originalidad y el mérito de sus
protagonistas. La Isla desierta es una obra creada y
protagonizada por ciegos. Previamente guiado por los mismos actores
hasta los asientos, en la más absoluta negrura, toca esperar a
que quede todo el público acomodado para que empiece la función.
Pasados los primeros y claustrofóbicos minutos, la obra comienza
con el estrépito de varias máquinas mecanografiando en diferentes
puntos de la sala. A partir de aquí, la historia transcurre en tu
mente con el resto de los sentidos: el olor de la comida de Shangai,
el frescor húmedo del mar en la piel, la bocina de un barco al
zarpar... Repartidos por toda la sala, moviéndose en la oscuridad
con la orientación que solo puede tener un invidente, los actores te
hacen llegar las sensaciones que necesita nuestra cabeza para crearse
una imagen visual. Solo al final, cuando poco a poco se enciende la
luz, acompañada de un piano que toca un tango, descubres con gran
sorpresa tu situación en la sala, el elenco de actores que
participan y el espacio que tuvieron para moverse. Ya solo quedaba
reventarse las manos aplaudiendo, con la fruición que produce lo
diferente.
Cerveza, música y baile, después de una infructuosa clase de tango.
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