La
pereza por salir de Asunción y una carretera cortada me hicieron
perder el autobús que debía coger o, como dicen los argentinos, agarrar en
Resistencia hacia Salta. Por fortuna, nunca compro los billetes con
anticipación... por lo que pueda pasar. Un día colgado en esta
ciudad de paso me hizo plantearme el sentido de mi viaje. Son esos
momentos negativos de soledad del viajero, en los que debes pensar:
"pronto pasará y volverá la felicidad". Un nuevo
viaje nocturno me puso en Salta a las 6 de la mañana, el Día del
Trabajador. En cuanto dejé las cosas y me fui a dar un paseo por la
ciudad desierta comprendí por qué le dicen Salta la linda.
Lo que nunca me imaginé es que estaría tantos días deambulando por
sus calles.
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| Diferentes tomas de la Plaza 9 de julio. |
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| Fachadas en las calles de Salta. |
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| Iglesia de San Francisco. |
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| Convento de San Bernardo. |
En
esta preciosa ciudad, donde predomina el blanco sobre otros colores,
hay mucho que hacer y ver: perderse por la cuadrícula perfecta de su
centro histórico, entre lindas casas bajas e imponentes palacios y
edificios religiosos de estilo colonial, subir al mirador del cerro
San Lorenzo (andando si se tiene tiempo y fuerzas, si no en
teleférico), salir a cenar o a tomar algo por la calle Valcarce,
comer en el mercado a precios populares, sentarse o tumbarse a leer
en la plaza 9 de julio, una de las más bonitas del país, ir
a una peña a escuchar y ver bailar folclore... Pero, sobre todo, Salta
es la mejor base de operaciones desde donde visitar el norte de
Argentina. Probablemente mi región preferida del país.
Hacia
el sur, Cafayate y Cachi.
Una
buena forma de ir a estos pueblos del sur de Salta es a dedo. El bus
directo cuesta 70 pesos y no para por el camino... a no ser que te
quedes en él. Y en el camino está lo mejor de ir a estas
localidades. Los tours, además de caros... bueno... son tours. Un
colectivo te deja por 4 pesos en El Carril, donde está el cruce en el
que se dividen ambas carreteras. Merece la pena invertir el día en
los casi doscientos kilómetros que hay entre Salta y cada uno de los
pueblos. Y si nadie te levanta del camino, siempre puedes hacer algún
trayecto en el bus de línea por una fracción del precio total.
El
primero fue Cafayate. A unos 70 o 60 kilómetros empieza la Quebrada
de las Conchas. Nunca había visto algo parecido. Me bajé en la
Garganta del Diablo. Durante una hora disfruté de la paz y el
silencio de esta maravilla creada por la erosión del agua al caer.
Los turistas ya habían pasado por la mañana. En las fotos no se
llega a apreciar la magia del lugar. Hay que vivirlo. Dos días
después, a la vuelta, una chica belga que me llevó en su coche de
alquiler me dijo que le recordaba a Petra (Jordania), pero sin templo
ni gente.
A
unos 300 metros se encuentra otro fenómeno, igualmente formado por
la erosión del agua, llamado El Anfiteatro por su forma
circular y su acústica perfecta. Un par de ¡Eos! y unas
palmadas son suficientes para darse cuenta de ello.
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| Desde el interior de El Anfiteatro. |
Desde
aquí, un inolvidable y solitario paseo de 7 kilómetros hasta el
mirador de las Tres Cruces me permitió apreciar la grandeza
del lugar. Una enorme felicidad me inundó y la soledad del viajero
cobró sentido en su vertiente más positiva. ¡Qué poco se necesita
para sentirse lleno! Dos horas invertí entre el agradable paseo,
parar a hacer fotos y comer en el mirador donde quizás esté la
mejor vista de la quebrada. La última parte del recorrido la tuve
que hacer en autobús, visto que había poco tráfico y que la gente
no tenía muchas ganas de parar.
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| A lo largo de la rivera del río habitan algunas familias indígenas locales. |
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| Hasta en los lugares más bellos algún degenerado tira cristales. |
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| Vista desde el mirador de Tres Cruces. |
Ya
en Cafayate, me quedé en un económico hostel con una enorme
terraza que ocupaba toda la azotea, en la que pasaría dos noches de
fiesta. Allí me reencontré con Danilo, un italiano con el que
coincidí en el hostel de Salta, y conocí a nuevos amigos, entre
ellos una chica y un chico de provincia de Buenos Aires: Daniela y
Maxi.
Todavía
un poco tocados por la noche anterior nos fuimos Danilo y yo a las
montañas de Cafayate, a descubrir por nosotros mismos las 3 primeras
de las llamadas 7 cascadas. Lejos de aceptar la ayuda de un
guía nativo que quería cobrarnos 50 pesos por cabeza, nos lanzamos
a nuestra aventura. En estas nos encontramos con dos nuevos amigos:
el Mono y Gabi, a quienes seguían dos perros callejeros desde el
pueblo. Nos unimos los seis y seguimos adelante como bien pudimos.
Llegó un momento que hubo que cruzar el río y hacer una trepada de
varios metros en roca. Sin saber cómo, apareció tras nosotros uno
de los perros algo mojado. A partir de aquí comenzaron las cadenas
humanas y las operaciones de rescate para llevar al chucho, incapaz
de escalar, con nosotros. ¡No podíamos dejarlo tirado! Al principio
se resistía a ser agarrado, lo que le supuso alguna caída y unos
cuantos sustos, y a nosotros unas risas, todo sea dicho. Esto unió
al grupo. Cuando acabamos de cruzar las tres primeras cascadas, lo
celebramos con un baño en pelota para quitarnos el calor, el polvo y
la tensión acumulada durante la ascensión. La vuelta por otro
camino fue sorprendentemente corta y rápida.
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| Desafortunado cartel. En realidad quiso decir "caninos". |
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| El Mono, Gabi, Danilo y Negro después de superar una divertida trepada. |
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| El camionero nos ahorró media polvorienta y tediosa pateada de vuelta a Cafayate. |
El
resto de la tarde y la noche la pasaríamos todos juntos. Primero
buscando con poco éxito las bodegas que prometían una cata gratis
(Cafayate es una importante región de tradición vinícola). Después
tomando cervezas hasta las mil.
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| Una de señales. |
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| Con las simpáticas amigas que me llevaron de vuelta a Salta. |
Un
par de semanas después, haría lo mismo para ir a Cachi. Un
breve camino en colectivo y luego a dedo. Quince minutos bastaron
para que parase Javier, acompañado de su hija pequeña. No podía
tener más suerte con este simpático profesor de Cachi, quien detuvo
el coche en todos los puntos de la carretera para que apreciara las
vistas.
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| Cuesta del Obispo. |
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| Parque Nacional Los cardones. |
Mi
estancia en el pueblo fue tranquila y solitaria. Fui el único
huésped del sencillo hostel en el que me alojé aquella noche. Unos
paseos por el pueblo y sus alrededores, una rica cena y al día
siguiente emprendí la vuelta. Esta vez tendría que esperar cuatro
largas horas a que alguien parara.
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| Cachi FM |
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| Los hijos de Cachi aprendiendo bailes regionales. |
Hacia
el norte: Jujuy
Cuando
volví de Cafayate a Salta, corrí al aeropuerto a recoger a mi amiga
Jenni, que venía desde Buenos Aires a viajar unos días conmigo y a
celebrar juntos nuestros cumpleaños, los días 5 y 9 de mayo. El 4
celebramos el suyo con una rica cena en La Vieja Estación, una
peña-restaurante de la calle Valcarce, antes de marchar hacia Jujuy.
Más
al norte se encuentra Purmamarca, famoso por su Cerro de los 7
colores. Atestado durante el día de turistas que viajan en tours
organizados, por la tarde es un tranquilo y bonito pueblo con una
variada oferta de restaurantes y de casas particulares con
habitaciones donde pasar la noche a un módico precio.
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| Calles de Purmamarca. |
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| Cerro de los 7 colores. |
Desde
allí sale hacia la frontera de Chile la carretera que pasa por las
Salinas Grandes. La única alternativa a las excursiones en furgoneta
es hacer dedo. Mejor, si hay turistas. En uno de estos coches
debieron caerse mis gafas. Así que, si por casualidad leen estas
líneas... En la enorme llanura de sal tuvimos la suerte de que había
llovido unos días atrás, encontrándonos el agua justa como para
ver partes secas y blancas y otras inundadas que reflejaban como un
espejo.
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| Típicas fotos que se hacen en estos saleres. |
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| Grupos de vicuñas, primas-hermanas de llamas y alpacas. |
Una
vez que recogimos nuestras mochilas en Purmamarca, fuimos en un corto
trayecto en bus hasta Tilcara. En plena Quebrada de Humahuaca, se
trata de un pueblo más grande que el anterior, con una cuidada
arquitectura de la zona.
La
mañana siguiente salimos hacia nuestro destino final. Pasando por el
pueblo de Humahuaca, nos dirigimos en un viejo autobús urbano hacia
Iruya. Aunque pertenece al norte de la provincia de Salta, los 60
kilómetros de mal ripio parten desde la carretera de Jujuy que llega
hasta La Quiaca, el último pueblo de Argentina antes de Bolivia.
Este mal camino de tierra se recorre en 3 horas, así que
necesitábamos al menos dos días para disfrutar de este pueblo
situado en un enclave sin igual del altiplano argentino.
Pasear
por las empinadas calles del pueblo y subir a la enorme montaña que
hay enfrente, desde donde se divisan de cerca los cóndores así como
una vista privilegiada de Iruya, es un buen plan para hacer en un
día. Por la noche, rica cena vegetariana en el hospedaje de un
geólogo porteño del que no recuerdo el nombre. Aunque nosotros nos
quedábamos en una casa más económica, nos aceptó de buen grado
junto a sus huéspedes. Un buen sitio para el que maneje algo más de
presupuesto que nosotros.
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| Vista de Iruya. |
El
día siguiente lo ocupamos en dar un paseo de unos 15 o 20
kilómetros (ida y vuelta) hasta el vecino pueblo de San Isidro.
Allí, en la casa de la señora donde comimos, me zampé sin duda la
mejor humita que he probado nunca (choclo -o maíz- rayado relleno de
queso, envuelto y asado en su propia hoja). A la vuelta en Iruya
encontramos un restaurante de comida tradicional, donde tomamos un
revuelto de choclo y hortalizas y un zapallito relleno(pequeña
calabaza), exquisitos.
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| Pueblo de San Isidro. |
Por
la mañana, tendríamos que salir a las 6 para llegar a Salta por la
tarde y poder celebrar mi cumpleaños. En Argentina no hay distancia
pequeña y si además lo unes a que no puedes hacerlo en menos de 3
buses diferentes, el viaje se hace interminable.
Después
de acompañar a mi amiga al aeropuerto, volví a Salta capital para
esperar otras gafas que había pedido que me enviasen, urgentes,
desde España. Nunca imaginé que estaría dos semanas más allí y
que las gafas tardarían diez días en lugar de los tres prometidos.
Para aprovechar el tiempo de la espera enfermé ese mismo día por la
noche. Y para aumentar la experiencia, fui al hospital público por
urgencias. Atestado de gente, viejo y caótico, y aderezado con el
nauseabundo hedor de los excrementos de una indigente que había
entrado al baño de la recepción. Cuatro horas después me fui a
dormir sin que un especialista me hubiera examinado, por lo que tuve
que volver cuando me levanté. Cinco días después estaba
perfectamente recuperado, pero tenía que hacerme unas pruebas para
ver si todo estaba en orden. Después de unos días escribiendo,
viendo los playoffs de la NBA y deambulando por la ciudad, decidí
hacer couchsurfing. Tuve mucha suerte. Mi ahora amigo Octavio me
acogió en su sofá cerca de una semana. Como estaba esperando
comenzar a trabajar en un lugar nuevo, tuvo los días enteros para
dedicármelos. Con lo que pude conocer a sus fantásticos familiares
y amigos, salir con ellos y visitar algunos lugares de interés que
me faltaban por ver.
En
cuanto llegaron primero las gafas y después los resultados
satisfactorios de las pruebas, pude reanudar mi viaje. Después de
tanto tiempo juntos, para mí Salta siempre será La Linda.
Concurso de queens.
Una tarde aparecieron por el hostel un grupo de jóvenes y tímidos chicos, quienes después de varias horas aparecieron transformados en estas extrovertidas drag queens que venían a participar en un concurso.

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