Casi
20 horas me llevaron desde Buenos Aires a Puerto Iguazú. Un largo
viaje que en el futuro, desde la perspectiva de tediosos trayectos en
incómodos y viejos autobuses, resultaría "moco de pavo".
En la comodidad de mi asiento-cama, con los servicios de comidas
incluidos, viajando de noche... Entre dormir, leer, escuchar música
y escribir, no me daría tiempo a aburrirme. Aún así llegué un
poco descolocado a mi destino. Pero lejos de quedarme quieto, dejé
la mochila en el hostel (previamente conseguí un descuento en la
terminal; algo que se da en toda Argentina) y crucé al lado
brasileño de las cataratas de Iguaçù. Todo está dispuesto
para la comodidad de los turistas que desean visitar ambos lados.
Pasar de un lado a otro en el bus de línea es un trámite que se
realiza en pocos minutos. De hecho, en el lado brasileño es el
conductor quien se encarga de recopilar todos los pasaportes para
llevarlos él solo a la aduana.
Una
vez que se llega a la entrada del parque empieza el "show".
Todo recuerda a un parque temático: las taquillas, los tornos, los
mapas, el autobús de dos pisos descapotable... Una atracción
turística en toda regla. Cada poco una parada. Una grabación en
portugués, inglés y español te indica su proximidad. Se trata de
un paseo guiado, una bajada en rafting o cualquier otra excusa para
sacarle la pasta a los incautos y derrochadores turistas. Casi
llegando, un hotel rosa de lo más hortera. Fin de trayecto,
restaurante a la vista, tienda de souvenirs y comienzo del
circuito para ver las cataratas. Intuyo que me va a decepcionar. Y no
me equivoco. Con el resto de borregos sigo las pasarelas de madera y
metal para disfrutar de un espectáculo descafeinado por la escasez
de agua que trae el río.
Como
a la mayoría de los que hemos visto las cataratas desde ambas
perspectivas, el lado brasileño me gustó menos. Lo que no quiere
decir que no me gustara. Recomiendo ver antes este lado por dos
razones: primero porque resulta menos impactante, siendo el recorrido
más corto y rápido. Supone un buen aperitivo antes de pasar un día
entero o dos en el lado argentino. Segundo, porque desde aquí se
obtiene una visión panorámica, más abierta y lejana. De esta
forma, pasas de lo general a lo particular, al detalle.
Ya
de vuelta en Puerto Iguazú, el pueblo no da muchas
oportunidades al visitante. Quizás su mayor atractivo es la
costanera del río, donde llega un punto que, en la confluencia de
los ríos Iguazú y Paraná, divisas tres países (Argentina, Brasil
y Paraguay) separados por una breve barrera de agua. Los puestos de La Ferinha, llena de brasileños a la búsqueda de aceitunas,
quesos y embutidos a buen precio, es un buen lugar donde comer barato. La lluvia hizo aparición
un par de días, que dediqué a pasear, ver fútbol y salir con la gente del hostel: Carina, Cat, Armando, Matías y compañía.
Cuando
al fin salió el sol, me dirigí al lado argentino de las
cataratas para encontrarme un nuevo parque temático, diferente
por la fisonomía del terreno, pero parecido en estilo y
artificialidad. Como ya me pasara en el lado brasileño o en el
Perito Moreno, choqué con el cemento, las tiendas, los
restaurantes... e incluso con un trenecillo ridículo que hacía más
cómodo el traslado de la masa de turistas. Una auténtica pena ver
convertida una maravilla de la naturaleza en una empresa
digna del mismísimo Walt Disney. No me extrañaría que a las seis
de la tarde, al cierre del parque, no solo paren barcas, trenes y
cocinas. Quizás también guarden los monos, los coatíes y, por qué
no, cierren el grifo de las cataratas.
Con todo, las cataratas no dejan de ser un espectáculo de la naturaleza digno de ver. Y como estáis aquí para pasar un buen rato mientras viajáis conmigo, prefiero dejaros con un buen sabor de boca y ahorraros toda la intervención humana.
Con todo, las cataratas no dejan de ser un espectáculo de la naturaleza digno de ver. Y como estáis aquí para pasar un buen rato mientras viajáis conmigo, prefiero dejaros con un buen sabor de boca y ahorraros toda la intervención humana.

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