Pues
bien, aquí, en pleno desierto, se encuentra San Pedro de Atacama.
Una pequeña ciudad fronteriza que antes estaba dedicada por entero a
la minería y ahora se debe al turismo. Fue un conflicto por la
explotación de las minas lo que provocó la Guerra del Pacífico,
durante la cual Chile invadió y se anexionó esta zona y los
territorios del norte, antes bolivianos, dejando a este país sin
salida al mar. Agencias, hospedajes, bares y restaurantes, alquileres
de bicicletas y sandboards, tiendas de souvenirs, oficinas de cambio
de moneda... es todo lo que hay. Visitantes y trabajadores que dan
servicio en estos locales pueblan la calles.
Las
opciones si no tienes vehículo propio son pocas. O contratas caros
tours para ir a los lugares de interés -lagunas, géisers, sandboard
en el Valle de la Muerte, atardecer en el Valle de la Luna con pisco sour...-, o te alquilas una
bicicleta y vas a lo tuyo. Los dos primeros están lejos para ir a
dedo. Por esta misma razón los tours son caros, y además iba a ver algo
parecido pocos día después en Bolivia. Lo que más me interesaba era el desierto puro y duro. Así que reuní un grupo con dos
alemanes y dos valencianos para poder negociar mejores precios,
conseguí una oferta para hacer un par de horas de sandboard en el
Valle de la Muerte y ver anochecer en el Valle de la Luna, y en el
último momento les dejé tirados y me alquilé una bici y una tabla
para ir a mi bola. Así soy yo. Mi aversión a los tours y que
prefería dedicarle un día entero a cada cosa, hizo que me decantara
por esta opción.
Y
me alegro de haberlo hecho así. El primer día me di la paliza del
siglo pedaleando por baches y arena y subiendo dunas gigantescas para
tirarme con mi tabla. Cuando llegué al Valle de la Luna y vi las
bicis de tres chicos ingleses, me dije: "Aquí es". Cuando
después de media hora llegué a lo alto de la duna, vomitando el
corazón y los pulmones, me dije: "Aquí no puede ser". En
efecto, un par de horas después, empezaron a llegar los tours y se
dirigieron directamente a otra duna más baja. Eso sí, las vistas
desde lo alto merecieron la pena, así como la velocidad que
alcanzabas bajando esta montaña de arena. Al rato me cambié de duna
y me fui con los demás, a su cómoda duna, con camino en zeta para
subir. Aún así era extenuante. Pero fue divertido. A la vuelta me
había ganado un gran chop de cerveza.
El
otro día volví a la misma tienda de bicicletas, saqué otro buen
precio por ella y me fui directo al Valle de la Muerte. Por el camino me uní a
una joven alemana. Con su compañía y mi eterna juventud, pagué
precio de estudiante en la entrada del parque y pedaleamos por el
valle hasta el atardecer. Impresionante.
| Las cuevas o cavernas. |
| Las Tres Marías. |
| Mina de sal abandonada. |
| Vista del Anfiteatro. |
| Atardecer en el Valle de la Muerte. |
Antes
ya había reservado el único tour que pretendía hacer en Sudamérica: tres días hasta
el salar de Uyuni. Desde Chile es bastante más caro hacer este tour
que desde Bolivia. Sin embargo, el coste del viaje y la noche que hay
que pasar por el camino se come casi toda la diferencia. Por lo que
preferí no perder tres días más y hacerlo desde allí. El precio
oscilaba entre los 60.000 pesos chilenos (unos 130 dólares) de la
agencia más barata y menos recomendada hasta los 75.000 (más o
menos 150 dólares) de las más caras. Estas últimas son las que más
margen tienen para negociar. Fui a la que tenía mejores opiniones
(Estrella del Sur o algo así), antes del cierre de los grupos que
partían el día siguiente. Faltaban dos plazas por cubrir. Les dije
que todo lo que tenía eran 65.000 y que si no me tendría que ir a
otra agencia peor pero más económica. Aceptaron. Eran 65.000 o
nada.

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