martes, 24 de julio de 2012

Road trip: 9.000 km de Patagonia. Fin de la Patagonia y regreso a Buenos Aires.



Al norte de la Región de los Lagos chilena está la tranquila ciudad de Pucón. Verde, entre agua y montañas, con una larga y profunda playa, una buena oferta de restaurantes, bares y boliches... es fácil quedarse atrapado unos días aquí. Más cuando has pasado tiempo alejado de la civilización. Uno de sus principales atractivos turísticos es el volcán Villarrica, de no demasiada altura pero sí de efervescente actividad. La inestabilidad del tiempo no nos permitió subirlo, así que después de descansar un par de días salimos hacia Santiago.

El humeante volcán Villarrica.



Relajación en las playas de los alrededores de Pucón.
Medio día por la larga autopista, de incontables peajes, que atraviesa Chile de una punta a otra nos bastó para llegar a la capital. Ciudad cosmopolita, tan europea como para tener un barrio -más bien un puñado de cuadras- al que llaman París-Londres y tan latinoamericana para tener otro conocido como Brasil. Aquí tuvimos la suerte de quedarnos en el departamento de unos amigos argentinos, con los que compartimos dicharacheras cenas y en cuya terraza disfrutamos de desayunos con vistas a Santiago. Los pocos días que estuvimos no dieron para más que recorrer los principales -y otros menos turísticos- barrios de la ciudad y perdernos por sus calles. 
Palacio de la Moneda.
Cabildo, Plaza de Armas. 
Catedral, Plaza de Armas.

El sueño de Guardiola: regentar una pequeña frutería en Santiago.
Arriba y abajo, el popular mercado de La Vega. 

En La Vega se puede comer por unos pocos pesos este platazo de mazamorra.

Barrio de Brasil.
Entre terrazas y cervezas, barrio de Bellavista.

Un día después de los disturbios

apareció esta foto en El Mundo.  

Pasamos a pocos metros.
Ben, un nuevo amigo californiano, se encargaría de acompañarnos hasta su casa en Valparaíso. Antes vivimos otro episodio digno de contar. La mañana que partíamos estaba convocada una manifestación estudiantil. Una vez más los jóvenes universitarios protestaban por el alto precio que tienen que pagar por sus estudios. A diferencia de sus vecinos latinoamericanos, en Chile la universidad no es pública y las tasas son muy caras. Una consecuencia de las comodidades del capitalismo. Intentando esquivarla, sin saber cómo, nos dimos de bruces con la batalla en la que desembocó la protesta. Empezaron a picarnos ojos y gargantas. La gente huía hacia nosotros tapándose la nariz y la boca. Estaban lanzando gases lacrimógenos. En un segundo se hizo el caos. El 4x4 que tenía delante aceleró en dirección contraria. Le seguimos con la intención de no quedarnos atascados entre policías y manifestantes. Esquivé piedras, mobiliario urbano, blindados armados con cañones de agua... Algunos jóvenes corrían perseguidos por la policía. Otros eran puestos contra la pared y registrados. Reíamos por la excitación de la carrera mientras nuestro amigo gringo insultaba a los agresores.


Una vez superada la prueba, nos dirigimos hacia el valle de Casa Blanca, una famosa área vinícola. Relajamos la excitación con una buena botella de Carmenere, nos abastecimos con una caja y pusimos rumbo a Valparaíso.

Valparaíso, ciudad cuadro.


Por sus casas de colores que pintan los cerros, por sus graffitis y murales, por su Museo al Aire Libre, por la poesía visual de Plablo Neruda, por su mercado, sus gentes, su mar, su luz y su noche... Por tantas y tantas cosas Valparaíso te sume en la sensación de estar viviendo en el interior de una obra de arte. Para mí, sin duda, una de las ciudades más bellas y con más personalidad de Sudamérica.

Casa de Pablo Neruda.
Ben posando junto a un pequeño santuario casero.


Valparaíso está llena de graffitis que destacan por su diseño y contenido.


El Liberty, bar mítico.

 
Jose, Ben y Jenni, buscando lo que seria nuestro almuerzo. 














Desde aquí vuelta a Argentina. Rápido se alcanza altura por el vertical Paso de Libertadores. Traspasado un largo túnel, ya estás en la provincia de Mendoza, donde se divisa el techo de América: el Aconcagua. Esta vez fue fácil atravesar el puesto fronterizo con los tres kilos de rica palta chilena (aguacate), que habíamos comprado en la carretera, escondida entre la ropa sucia.


A poco más de 30 kilómetros de la ciudad de Mendoza, nos paró la policía, con claro afán recaudador, por adelantar varios coches en línea continua. A nosotros y a otros cuatro coches que habían hecho algo parecido. Después de discutir un rato, con la intención de solucionarlo por la vía rápida (me tocó uno de los pocos policías honrados del cuerpo), el agente se quedó con mi carnet de conducir con la condición de pagar 2500 pesos en el juzgado, si quería recuperarlo. “Espero que le guste la foto al juez, porque no pienso dejarme esa plata por esta infracción”, le solté. “Esa es su decisión”, me respondió. Y así fue. Los últimos 1500 kilómetros los tendría que hacer sola Jenni. Y yo tendría que asumir que no volvería a conducir por Latinoamérica... al menos legalmente.

Que se quedara la tarjeta en un cajero y tuviéramos que recuperarla la mañana siguiente y que nos dieran una mierda de cena, no nos permitió disfrutar mucho de la agradable y tranquila Mendoza, de la que nos fuimos sin hacer ni una foto.

En Córdoba las cosas serían muy diferentes. Con la perspectiva de tres días y medio de descanso, todo se veía diferente. Nuestra estancia en el hostel Lacandona y la hospitalidad de sus dueños tuvieron mucho que ver. Córdoba es una ciudad universitaria grande, pero con un centro recogido en unas cuantas cuadras que se pueden recorrer en unos pocos paseos. Un lugar no demasiado agitado, con todo lo necesario para vivir y pasarlo bien: una amplia oferta ocio-cultural que va desde bares, boliches y restaurantes hasta teatros y museos, zonas verdes, calles vivas de cuidada arquitectura, gente simpática de peculiar acento y una concentración fuera de lo común de mujeres bonitas -o, mejor dicho, minas lindas-.
El cabildo y la catedral a continuación.
La catedral de noche.
Una antigua cárcel de mujeres convertida en un centro comercial y de arte.

Arte callejero a favor del reciclaje.


En la imagen, fotos de desaparecidos durante la dictadura.
Entre la autopista que une Córdoba con Buenos Aires, más cerca de esta última que de la primera, se encuentra Rosario. Otra agradable y próspera ciudad argentina, a orillas del Río de la Plata, con incluso dos importantes equipos de fútbol como son Newell´s Old Boys y Rosario Central, y que se enorgullece de ser la cuna de dos personajes muy dispares: por un lado, un histórico revolucionario que mató y murió por sus ideales, comandando ejércitos a lo largo de Latinoamérica; por otro, un enano circense que pasará a la historia por divertir a las masas con un balón en los pies.

El río de La Plata a su paso por Rosario.


Madres de Mayo en su ineludible cita semanal.

Arriba y abajo, monumento a la Bandera.

Fachada del hostel donde nos alojamos, bonito, cómodo, céntrico y con fruta para desayunar.

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