Llegó
el momento de subir hacia el norte. El plan inicial era alternar las
famosas Ruta 40 argentina y la Carretera Austral
chilena, recorriendo los puntos más significativos de ambos lados de
los Andes. Un problema con el suministro de combustible en Chile nos
obligó a subir por la 40. Algún día tendré que volver para
recorrer la Patagonia chilena como merece.
La
primera parada fue El Calafate, una ciudad con menos de un
siglo de vida y que en la actualidad sirve para albergar a los
turistas que se acercan a conocer, entre otros, el glaciar más
codiciado del mundo. Después de la paliza que nos habíamos dado,
comer bien, beber cerveza artesanal y dormir en una cama fue tan
emocionante como la maravilla natural que veríamos el día
siguiente. Siempre echaremos de menos calafatear.
Si
acercarse en coche al Perito Moreno impresiona, acercarse andando
hasta escasos metros de la pared de hielo es de otro planeta. Uno
helado, está claro. Las pasarelas colocadas para que el turismo de
masas aprecie toda su grandeza desde diferentes puntos de vista
restan algo de autenticidad al entorno. Es el resultado de tratar la
naturaleza como un parque temático. Aún así, es difícil
despegarse de ellas, cerrar la boca y evitar alargar la mano, como un
boludo, para tocar el hielo. Pronto uno se olvida de la madera y el
agua helada ocupa toda su atención. Horas de atención.
Al
día siguiente abandonamos las inmediaciones del lago Argentino
y nos encaminamos hacia el Viedma. Acompañados de un nuevo
amigo italiano, al que habíamos recogido haciendo auto-stop de
camino al Perito Moreno, llegamos al pueblo de El Chaltén. O,
mejor dicho, al monte Fitz Roy. Primo hermano de sus vecinas
las Torres del Paine, al igual que estas presenta las mismas
peculiaridades geológicas y orográficas. Y, de la
misma manera que pasa en el lado chileno, supone la capital del
trekking argentino.
| Un depósito que parece sacado de un escenario de Mad Max. |
| El Chaltén |
Dos
días invertimos en la ruta. Para empezar, 300 o 400 kilómetros del
peor ripio por el que rodamos. Constantemente éramos desviados hacia
caminos secundarios habilitados para la ocasión. Divertidísimo.
Sobre todo bajarse a recoger la rueda de repuesto cuando se cae por
culpa de lo baches. Sin problema, ya nos habían avisado de que el
camino sería movidito. Como también nos marcaron los pueblos donde
podríamos cargar nafta (gasolina). ¡No te fíes nunca de un tipo
que vive a seis horas por una camino de tierra! Cuando llegamos al
pueblo, compuesto de una sola hilera de casas, nos encontramos con
una gasolinera abandonada. Entro en el único bar abierto: “Hola
amigo. ¿Hace cuánto que está cerrada la estación de servicio?”
“Dos años.” Vamos, antes de ayer. Y por decir algo... “¿Y
a cuánto está la próxima?” “En el siguiente pueblo, a 120
kilómetros.” Desesperado: “Llevamos un rato en reserva,
¿nadie nos podrá vender un poco de nafta?” “Aquí funcionamos
todos con diésel. ¡Suerte!”
Sin
mucha esperanza, por no decir ninguna, agarramos el coche. Empiezan
los reproches y las excusas propias de la incertidumbre. Arranco,
pongo el modo “ahorro máximo de gasolina” (pisar al
mínimo el acelerador, pocas revoluciones, bajadas en punto
muerto...) y dos horas y media después, a una media de 50 km/h,
llegamos ante todo pronóstico al siguiente pueblo: Perito Moreno,
que nada tiene que ver con el glaciar, pero que nos sirvió para
plantar la tienda y descansar. En Argentina hay ciertos personajes
que en doscientos años de historia han monopolizado con sus proezas
el nombre de plazas, avenidas, calles, barrios e, incluso, pueblos:
San Martín, Belgrano, Hipólito Yrigoyen... Francisco Pascasio
Moreno...
Al día siguiente llegamos a Esquel, una pequeña y sencilla ciudad especializada en el turismo que atraen los deportes de invierno. Pero era verano y no veníamos a esquiar. Por la mañana, después de probar la trucha típica de la zona, tomar unas merecidas cervezas y dormir en una acogedora habitación sin paredes de tela, entramos en el Parque Nacional Los Alerces. Nada más entrar comprendimos por qué era tan verde. Porque no para de llover. O al menos mientras estuvimos nosotros. Un precioso lugar cubierto de bosques, lagos y ríos, perfecto para acampar y descansar después de tantos kilómetros. Otra vez será. En esta ocasión nos conformamos con refugiarnos en una cabaña y dar algún paseo.
En la zona norte de Los Alerces apareció el sol, que ya nos
acompañaría hasta que salimos de Argentina. Cruzaríamos nuevos
parques nacionales y pueblos o ciudades tan emblemáticas como Villa
La Angostura, San Martín de los Andes o San Carlos de Bariloche.
A esta última llegamos huyendo de la lluvia. Enseguida comprendí
por qué este es uno de los lugares preferidos por los argentinos
para tomarse unas vacaciones. Una ciudad bonita y acogedora que
parece robada de los Alpes, urbanizaciones a orillas de
espectaculares lagos con playas, vegetación, montañas, una estación
invernal, restaurantes, cervecerías alemanas que elaboran su propia
cerveza artesanal, boliches (discotecas)... ¡qué más se puede
pedir!
| ¿Nieve al final del verano? La parte blanca que se distingue en los picos de la foto de arriba y de abajo es ceniza. |
Llegó
el momento de volver a cruzar la frontera con Chile, no sin antes
hacer una parada para deleitarnos con el imponente volcán Lanín.
Una ceremonia religiosa indígena nos privó de acercarnos más a la
falda de la montaña. Inmediatamente el volcán paso a un segundo
plano. Lo difícil fue vencer la tentación de no respetar la
intimidad del rito y colarnos a verlo. Pero así ha de ser. Nos
conformamos con subir una empinada cuesta y encaramarnos a una peña
desde donde pudimos ver una panorámica del Lanín y un lago que se
encuentra enfrente. Los cóndores planeaban a escasos metros de
nuestras cabezas. Un buen premio de consolación.
Abandonamos con mucho esfuerzo nuestro refugio. Tocaba enfrentarse con los duros aduaneros chilenos. Tienen fama de tocapelotas, así que nos comimos toda la verdura en una enorme ensalada y escondimos lo mejor que pudimos el resto de la comida fresca que llevábamos: dos kilos de fruta entre la ropa sucia, que luego cambiamos al asiento del conductor al ver que estaban registrando el maletero de un coche parado más adelante, y el queso y el salame apestando en la guantera. “¿Lleváis algo de comida?” Podríamos llevar armas o un kilo de cocaína, pero parecía que eso le importaba menos. “No, un poco de aceite de oliva y alguna lata.” “Bien, vamos a comprobarlo.” Después de revolver con un par de dedos los kilos de mierda que llevábamos en el asiento trasero, se dirige directo a la guantera. Desde fuera del coche sentimos la ráfaga del queso mezclado con el embutido. Ante nuestro asombro la cierra de nuevo, sigo pensando que del asco que le dio, y mete la zarpa directamente debajo del asiento. Saca la bolsa esbozando media sonrisa y gira ligeramente la cabeza como diciendo: “¡Os he pillado!” “Qué íbamos a hacer, no la íbamos a tirar”. Así que ahí mismo nos comimos dos duraznos (melocotones) y cuatro bananas, regalamos un par de manzanas a un señor que andaba por allí y abandonamos el resto a su suerte. Al menos logramos pasar un kilo de fruta ilegal en nuestros estómagos.
Santos,
santas y santuarios.
No
podía abandonar la Patagonia argentina sin hacer un pequeño
homenaje a los santos y santas populares, objetos de cuentos,
leyendas y devociones, y cuyos santuarios más o menos improvisados
riegan las carreteras. Entre la larga lista hay que destacar a dos:
la Difunta Correa y el Gauchito Gil. Ella, una mujer que murió de sed
en el desierto cuando seguía los pasos de su marido alistado a la fuerza en el
ejército. El día siguiente la encontraron, ya difunta, dando el
pecho a su bebé. Él, un gaucho que, tras desertar del ejército, es
apresado y ejecutado, no sin antes obrar el milagro de salvar la vida
del hijo de su verdugo.
| Los santuarios de la Difunta Correa suelen estar rodeados de botellas de agua para que beba. |
| Los santuarios del Gauchito Gil suelen tener varias figuras y otras ofrendas de sus devotos. |
Que pasa tio? Como vamos? No salgas de la selva y menos de la boliviana ya sabes que por esas zonas encuentras plantas que te ayudan a viajar hasta lo más recondito del mundo y más allá. Imagino que seguiras flipando con lo que estás viendo y viviendo, se feliz y...
ResponderEliminar...QUE TE VAYA BONITO!!!!!!!!!!!!