lunes, 27 de agosto de 2012

Atacama, el lugar más seco del planeta


En Chile, cerca de las fronteras de Argentina y Bolivia, está el desierto de Atacama. Aquí se registran los niveles más bajo de lluvia del planeta. De hecho, desde que se realizan estas mediciones hay lugares en los que nunca se han registrado precipitaciones. Esto es lo más parecido a Marte que podemos visitar la mayoría de los mortales.

Pues bien, aquí, en pleno desierto, se encuentra San Pedro de Atacama. Una pequeña ciudad fronteriza que antes estaba dedicada por entero a la minería y ahora se debe al turismo. Fue un conflicto por la explotación de las minas lo que provocó la Guerra del Pacífico, durante la cual Chile invadió y se anexionó esta zona y los territorios del norte, antes bolivianos, dejando a este país sin salida al mar. Agencias, hospedajes, bares y restaurantes, alquileres de bicicletas y sandboards, tiendas de souvenirs, oficinas de cambio de moneda... es todo lo que hay. Visitantes y trabajadores que dan servicio en estos locales pueblan la calles.

Me alojé en el hostel más barato de la ciudad -también el más frío- y busqué la mejor manera de visitar el desierto. No quería dedicarle más del tiempo justo para ello, pues ya había estado demasiado tiempo en Salta y quería pasar cuanto antes a Bolivia. Además, como suelen ser todas las ciudades aisladas, San Pedro es un pozo de perversión, llena de turistas con ganas de pervertirse y con precios caros hasta para estar en Chile. Y como me conozco...

Las opciones si no tienes vehículo propio son pocas. O contratas caros tours para ir a los lugares de interés -lagunas, géisers, sandboard en el Valle de la Muerte, atardecer en el Valle de la Luna con pisco sour...-, o te alquilas una bicicleta y vas a lo tuyo. Los dos primeros están lejos para ir a dedo. Por esta misma razón los tours son caros, y además iba a ver algo parecido pocos día después en Bolivia. Lo que más me interesaba era el desierto puro y duro. Así que reuní un grupo con dos alemanes y dos valencianos para poder negociar mejores precios, conseguí una oferta para hacer un par de horas de sandboard en el Valle de la Muerte y ver anochecer en el Valle de la Luna, y en el último momento les dejé tirados y me alquilé una bici y una tabla para ir a mi bola. Así soy yo. Mi aversión a los tours y que prefería dedicarle un día entero a cada cosa, hizo que me decantara por esta opción.



Y me alegro de haberlo hecho así. El primer día me di la paliza del siglo pedaleando por baches y arena y subiendo dunas gigantescas para tirarme con mi tabla. Cuando llegué al Valle de la Luna y vi las bicis de tres chicos ingleses, me dije: "Aquí es". Cuando después de media hora llegué a lo alto de la duna, vomitando el corazón y los pulmones, me dije: "Aquí no puede ser". En efecto, un par de horas después, empezaron a llegar los tours y se dirigieron directamente a otra duna más baja. Eso sí, las vistas desde lo alto merecieron la pena, así como la velocidad que alcanzabas bajando esta montaña de arena. Al rato me cambié de duna y me fui con los demás, a su cómoda duna, con camino en zeta para subir. Aún así era extenuante. Pero fue divertido. A la vuelta me había ganado un gran chop de cerveza.


Vista desde la duna más alta.

Descendiendo por la duna más baja.
El otro día volví a la misma tienda de bicicletas, saqué otro buen precio por ella y me fui directo al Valle de la Muerte. Por el camino me uní a una joven alemana. Con su compañía y mi eterna juventud, pagué precio de estudiante en la entrada del parque y pedaleamos por el valle hasta el atardecer. Impresionante.



Las cuevas o cavernas.

Las Tres Marías.
Mina de sal abandonada.
Vista del Anfiteatro.
Atardecer en el Valle de la Muerte.
Antes ya había reservado el único tour que pretendía hacer en Sudamérica: tres días hasta el salar de Uyuni. Desde Chile es bastante más caro hacer este tour que desde Bolivia. Sin embargo, el coste del viaje y la noche que hay que pasar por el camino se come casi toda la diferencia. Por lo que preferí no perder tres días más y hacerlo desde allí. El precio oscilaba entre los 60.000 pesos chilenos (unos 130 dólares) de la agencia más barata y menos recomendada hasta los 75.000 (más o menos 150 dólares) de las más caras. Estas últimas son las que más margen tienen para negociar. Fui a la que tenía mejores opiniones (Estrella del Sur o algo así), antes del cierre de los grupos que partían el día siguiente. Faltaban dos plazas por cubrir. Les dije que todo lo que tenía eran 65.000 y que si no me tendría que ir a otra agencia peor pero más económica. Aceptaron. Eran 65.000 o nada. 

jueves, 23 de agosto de 2012

Salta y Jujuy, las bellas del norte de Argentina


La pereza por salir de Asunción y una carretera cortada me hicieron perder el autobús que debía coger o, como dicen los argentinos, agarrar en Resistencia hacia Salta. Por fortuna, nunca compro los billetes con anticipación... por lo que pueda pasar. Un día colgado en esta ciudad de paso me hizo plantearme el sentido de mi viaje. Son esos momentos negativos de soledad del viajero, en los que debes pensar: "pronto pasará y volverá la felicidad". Un nuevo viaje nocturno me puso en Salta a las 6 de la mañana, el Día del Trabajador. En cuanto dejé las cosas y me fui a dar un paseo por la ciudad desierta comprendí por qué le dicen Salta la linda. Lo que nunca me imaginé es que estaría tantos días deambulando por sus calles.



Diferentes tomas de la Plaza 9 de julio.

Fachadas en las calles de Salta.

Iglesia de San Francisco.
Convento de San Bernardo.
En esta preciosa ciudad, donde predomina el blanco sobre otros colores, hay mucho que hacer y ver: perderse por la cuadrícula perfecta de su centro histórico, entre lindas casas bajas e imponentes palacios y edificios religiosos de estilo colonial, subir al mirador del cerro San Lorenzo (andando si se tiene tiempo y fuerzas, si no en teleférico), salir a cenar o a tomar algo por la calle Valcarce, comer en el mercado a precios populares, sentarse o tumbarse a leer en la plaza 9 de julio, una de las más bonitas del país, ir a una peña a escuchar y ver bailar folclore... Pero, sobre todo, Salta es la mejor base de operaciones desde donde visitar el norte de Argentina. Probablemente mi región preferida del país.

Hacia el sur, Cafayate y Cachi.
Una buena forma de ir a estos pueblos del sur de Salta es a dedo. El bus directo cuesta 70 pesos y no para por el camino... a no ser que te quedes en él. Y en el camino está lo mejor de ir a estas localidades. Los tours, además de caros... bueno... son tours. Un colectivo te deja por 4 pesos en El Carril, donde está el cruce en el que se dividen ambas carreteras. Merece la pena invertir el día en los casi doscientos kilómetros que hay entre Salta y cada uno de los pueblos. Y si nadie te levanta del camino, siempre puedes hacer algún trayecto en el bus de línea por una fracción del precio total.



El primero fue Cafayate. A unos 70 o 60 kilómetros empieza la Quebrada de las Conchas. Nunca había visto algo parecido. Me bajé en la Garganta del Diablo. Durante una hora disfruté de la paz y el silencio de esta maravilla creada por la erosión del agua al caer. Los turistas ya habían pasado por la mañana. En las fotos no se llega a apreciar la magia del lugar. Hay que vivirlo. Dos días después, a la vuelta, una chica belga que me llevó en su coche de alquiler me dijo que le recordaba a Petra (Jordania), pero sin templo ni gente.





A unos 300 metros se encuentra otro fenómeno, igualmente formado por la erosión del agua, llamado El Anfiteatro por su forma circular y su acústica perfecta. Un par de ¡Eos! y unas palmadas son suficientes para darse cuenta de ello.




Desde el interior de El Anfiteatro.
Desde aquí, un inolvidable y solitario paseo de 7 kilómetros hasta el mirador de las Tres Cruces me permitió apreciar la grandeza del lugar. Una enorme felicidad me inundó y la soledad del viajero cobró sentido en su vertiente más positiva. ¡Qué poco se necesita para sentirse lleno! Dos horas invertí entre el agradable paseo, parar a hacer fotos y comer en el mirador donde quizás esté la mejor vista de la quebrada. La última parte del recorrido la tuve que hacer en autobús, visto que había poco tráfico y que la gente no tenía muchas ganas de parar.

A lo largo de la rivera del río habitan algunas familias indígenas locales.

Hasta en los lugares más bellos algún degenerado tira cristales.



Vista desde el mirador de Tres Cruces.

Ya en Cafayate, me quedé en un económico hostel con una enorme terraza que ocupaba toda la azotea, en la que pasaría dos noches de fiesta. Allí me reencontré con Danilo, un italiano con el que coincidí en el hostel de Salta, y conocí a nuevos amigos, entre ellos una chica y un chico de provincia de Buenos Aires: Daniela y Maxi.




Todavía un poco tocados por la noche anterior nos fuimos Danilo y yo a las montañas de Cafayate, a descubrir por nosotros mismos las 3 primeras de las llamadas 7 cascadas. Lejos de aceptar la ayuda de un guía nativo que quería cobrarnos 50 pesos por cabeza, nos lanzamos a nuestra aventura. En estas nos encontramos con dos nuevos amigos: el Mono y Gabi, a quienes seguían dos perros callejeros desde el pueblo. Nos unimos los seis y seguimos adelante como bien pudimos. Llegó un momento que hubo que cruzar el río y hacer una trepada de varios metros en roca. Sin saber cómo, apareció tras nosotros uno de los perros algo mojado. A partir de aquí comenzaron las cadenas humanas y las operaciones de rescate para llevar al chucho, incapaz de escalar, con nosotros. ¡No podíamos dejarlo tirado! Al principio se resistía a ser agarrado, lo que le supuso alguna caída y unos cuantos sustos, y a nosotros unas risas, todo sea dicho. Esto unió al grupo. Cuando acabamos de cruzar las tres primeras cascadas, lo celebramos con un baño en pelota para quitarnos el calor, el polvo y la tensión acumulada durante la ascensión. La vuelta por otro camino fue sorprendentemente corta y rápida.
Desafortunado cartel. En realidad quiso decir "caninos".



El Mono, Gabi, Danilo y Negro después de superar una divertida trepada.
El camionero nos ahorró media polvorienta y tediosa pateada de vuelta a Cafayate.
El resto de la tarde y la noche la pasaríamos todos juntos. Primero buscando con poco éxito las bodegas que prometían una cata gratis (Cafayate es una importante región de tradición vinícola). Después tomando cervezas hasta las mil.

Una de señales.


Con las simpáticas amigas que me llevaron de vuelta a Salta.
Un par de semanas después, haría lo mismo para ir a Cachi. Un breve camino en colectivo y luego a dedo. Quince minutos bastaron para que parase Javier, acompañado de su hija pequeña. No podía tener más suerte con este simpático profesor de Cachi, quien detuvo el coche en todos los puntos de la carretera para que apreciara las vistas.


Cuesta del Obispo.
Parque Nacional Los cardones.

Mi estancia en el pueblo fue tranquila y solitaria. Fui el único huésped del sencillo hostel en el que me alojé aquella noche. Unos paseos por el pueblo y sus alrededores, una rica cena y al día siguiente emprendí la vuelta. Esta vez tendría que esperar cuatro largas horas a que alguien parara.





Cachi FM



Los hijos de Cachi aprendiendo bailes regionales.
Hacia el norte: Jujuy
Cuando volví de Cafayate a Salta, corrí al aeropuerto a recoger a mi amiga Jenni, que venía desde Buenos Aires a viajar unos días conmigo y a celebrar juntos nuestros cumpleaños, los días 5 y 9 de mayo. El 4 celebramos el suyo con una rica cena en La Vieja Estación, una peña-restaurante de la calle Valcarce, antes de marchar hacia Jujuy.

Más al norte se encuentra Purmamarca, famoso por su Cerro de los 7 colores. Atestado durante el día de turistas que viajan en tours organizados, por la tarde es un tranquilo y bonito pueblo con una variada oferta de restaurantes y de casas particulares con habitaciones donde pasar la noche a un módico precio.


Calles de Purmamarca.
Cerro de los 7 colores.
Desde allí sale hacia la frontera de Chile la carretera que pasa por las Salinas Grandes. La única alternativa a las excursiones en furgoneta es hacer dedo. Mejor, si hay turistas. En uno de estos coches debieron caerse mis gafas. Así que, si por casualidad leen estas líneas... En la enorme llanura de sal tuvimos la suerte de que había llovido unos días atrás, encontrándonos el agua justa como para ver partes secas y blancas y otras inundadas que reflejaban como un espejo.

Típicas fotos que se hacen en estos saleres.

Grupos de vicuñas, primas-hermanas de llamas y alpacas.

Una vez que recogimos nuestras mochilas en Purmamarca, fuimos en un corto trayecto en bus hasta Tilcara. En plena Quebrada de Humahuaca, se trata de un pueblo más grande que el anterior, con una cuidada arquitectura de la zona.

La mañana siguiente salimos hacia nuestro destino final. Pasando por el pueblo de Humahuaca, nos dirigimos en un viejo autobús urbano hacia Iruya. Aunque pertenece al norte de la provincia de Salta, los 60 kilómetros de mal ripio parten desde la carretera de Jujuy que llega hasta La Quiaca, el último pueblo de Argentina antes de Bolivia. Este mal camino de tierra se recorre en 3 horas, así que necesitábamos al menos dos días para disfrutar de este pueblo situado en un enclave sin igual del altiplano argentino.


Pasear por las empinadas calles del pueblo y subir a la enorme montaña que hay enfrente, desde donde se divisan de cerca los cóndores así como una vista privilegiada de Iruya, es un buen plan para hacer en un día. Por la noche, rica cena vegetariana en el hospedaje de un geólogo porteño del que no recuerdo el nombre. Aunque nosotros nos quedábamos en una casa más económica, nos aceptó de buen grado junto a sus huéspedes. Un buen sitio para el que maneje algo más de presupuesto que nosotros.

Vista de Iruya.
El día siguiente lo ocupamos en dar un paseo de unos 15 o 20 kilómetros (ida y vuelta) hasta el vecino pueblo de San Isidro. Allí, en la casa de la señora donde comimos, me zampé sin duda la mejor humita que he probado nunca (choclo -o maíz- rayado relleno de queso, envuelto y asado en su propia hoja). A la vuelta en Iruya encontramos un restaurante de comida tradicional, donde tomamos un revuelto de choclo y hortalizas y un zapallito relleno(pequeña calabaza), exquisitos.

Pueblo de San Isidro.

Por la mañana, tendríamos que salir a las 6 para llegar a Salta por la tarde y poder celebrar mi cumpleaños. En Argentina no hay distancia pequeña y si además lo unes a que no puedes hacerlo en menos de 3 buses diferentes, el viaje se hace interminable.

Después de acompañar a mi amiga al aeropuerto, volví a Salta capital para esperar otras gafas que había pedido que me enviasen, urgentes, desde España. Nunca imaginé que estaría dos semanas más allí y que las gafas tardarían diez días en lugar de los tres prometidos. Para aprovechar el tiempo de la espera enfermé ese mismo día por la noche. Y para aumentar la experiencia, fui al hospital público por urgencias. Atestado de gente, viejo y caótico, y aderezado con el nauseabundo hedor de los excrementos de una indigente que había entrado al baño de la recepción. Cuatro horas después me fui a dormir sin que un especialista me hubiera examinado, por lo que tuve que volver cuando me levanté. Cinco días después estaba perfectamente recuperado, pero tenía que hacerme unas pruebas para ver si todo estaba en orden. Después de unos días escribiendo, viendo los playoffs de la NBA y deambulando por la ciudad, decidí hacer couchsurfing. Tuve mucha suerte. Mi ahora amigo Octavio me acogió en su sofá cerca de una semana. Como estaba esperando comenzar a trabajar en un lugar nuevo, tuvo los días enteros para dedicármelos. Con lo que pude conocer a sus fantásticos familiares y amigos, salir con ellos y visitar algunos lugares de interés que me faltaban por ver.

En cuanto llegaron primero las gafas y después los resultados satisfactorios de las pruebas, pude reanudar mi viaje. Después de tanto tiempo juntos, para mí Salta siempre será La Linda.

Concurso de queens.
Una tarde aparecieron por el hostel un grupo de jóvenes y tímidos chicos, quienes después de varias horas aparecieron transformados en estas extrovertidas drag queens que venían a participar en un concurso.