Al
norte de la Región de los Lagos chilena está la tranquila ciudad de
Pucón. Verde, entre agua y montañas, con una larga y
profunda playa, una buena oferta de restaurantes, bares y boliches... es fácil quedarse atrapado unos días aquí. Más cuando has pasado
tiempo alejado de la civilización. Uno de sus principales atractivos
turísticos es el volcán Villarrica, de no demasiada altura pero
sí de efervescente actividad. La inestabilidad del tiempo no nos
permitió subirlo, así que después de descansar un par de días
salimos hacia Santiago.
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| El humeante volcán Villarrica. |
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| Relajación en las playas de los alrededores de Pucón. |
Medio día por la larga autopista, de incontables peajes, que
atraviesa Chile de una punta a otra nos bastó para llegar a la
capital. Ciudad cosmopolita, tan europea como para tener un barrio
-más bien un puñado de cuadras- al que llaman París-Londres
y tan latinoamericana para tener otro conocido como Brasil.
Aquí tuvimos la suerte de quedarnos en el departamento de unos
amigos argentinos, con los que compartimos dicharacheras cenas y en
cuya terraza disfrutamos de desayunos con vistas a Santiago. Los
pocos días que estuvimos no dieron para más que recorrer los
principales -y otros menos turísticos- barrios de la ciudad y
perdernos por sus calles.
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| Palacio de la Moneda. |
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| Cabildo, Plaza de Armas. |
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| Catedral, Plaza de Armas. |
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| El sueño de Guardiola: regentar una pequeña frutería en Santiago. |
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| Arriba y abajo, el popular mercado de La Vega. |
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| En La Vega se puede comer por unos pocos pesos este platazo de mazamorra. |
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| Barrio de Brasil. |
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| Entre terrazas y cervezas, barrio de Bellavista. |
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Un día después de los disturbios
apareció esta foto en El Mundo.
Pasamos a pocos metros.
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Ben,
un nuevo amigo californiano, se encargaría de acompañarnos hasta su
casa en Valparaíso. Antes vivimos otro episodio digno de contar.
La mañana que partíamos estaba convocada una manifestación
estudiantil. Una vez más los jóvenes universitarios protestaban por
el alto precio que tienen que pagar por sus estudios. A diferencia de
sus vecinos latinoamericanos, en Chile la universidad no es pública
y las tasas son muy caras. Una consecuencia de las comodidades del
capitalismo. Intentando esquivarla, sin saber cómo, nos dimos de
bruces con la batalla en la que desembocó la protesta. Empezaron a
picarnos ojos y gargantas. La gente huía hacia nosotros tapándose la nariz y la boca. Estaban lanzando gases lacrimógenos. En un segundo se
hizo el caos. El 4x4 que tenía delante aceleró en dirección
contraria. Le seguimos con la intención de no quedarnos atascados
entre policías y manifestantes. Esquivé piedras, mobiliario urbano,
blindados armados con cañones de agua... Algunos jóvenes corrían
perseguidos por la policía. Otros eran puestos contra la pared y
registrados. Reíamos por la excitación de la carrera mientras
nuestro amigo gringo insultaba a los agresores.
Una
vez superada la prueba, nos dirigimos hacia el valle de Casa Blanca,
una famosa área vinícola. Relajamos la excitación con una
buena botella de Carmenere, nos abastecimos con una caja y pusimos
rumbo a Valparaíso.
Valparaíso,
ciudad cuadro.
Por
sus casas de colores que pintan los cerros, por sus graffitis y
murales, por su Museo al Aire Libre, por la poesía visual de Plablo
Neruda, por su mercado, sus gentes, su mar, su luz y su noche... Por
tantas y tantas cosas Valparaíso te sume en la sensación de estar
viviendo en el interior de una obra de arte. Para mí, sin duda, una
de las ciudades más bellas y con más personalidad de Sudamérica.
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| Casa de Pablo Neruda. |
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| Ben posando junto a un pequeño santuario casero. |
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| Valparaíso está llena de graffitis que destacan por su diseño y contenido. |
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| El Liberty, bar mítico. |
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| Jose, Ben y Jenni, buscando lo que seria nuestro almuerzo. |
Desde
aquí vuelta a Argentina. Rápido se alcanza altura por el vertical
Paso de Libertadores. Traspasado un largo túnel, ya estás en
la provincia de Mendoza, donde se divisa el techo de América: el
Aconcagua. Esta vez fue fácil atravesar el puesto fronterizo
con los tres kilos de rica palta chilena (aguacate), que habíamos
comprado en la carretera, escondida entre la ropa sucia.
A
poco más de 30 kilómetros de la ciudad de Mendoza, nos paró
la policía, con claro afán recaudador, por adelantar varios coches en línea
continua. A nosotros y a otros cuatro coches que habían hecho algo parecido.
Después de discutir un rato, con la intención de solucionarlo por
la vía rápida (me tocó uno de los pocos policías honrados del
cuerpo), el agente se quedó con mi carnet de conducir con la
condición de pagar 2500 pesos en el juzgado, si quería recuperarlo.
“Espero que le guste la foto al juez, porque no pienso dejarme esa
plata por esta infracción”, le solté. “Esa es su decisión”,
me respondió. Y así fue. Los últimos 1500 kilómetros los tendría
que hacer sola Jenni. Y yo tendría que asumir que no volvería a
conducir por Latinoamérica... al menos legalmente.
Que
se quedara la tarjeta en un cajero y tuviéramos que recuperarla la
mañana siguiente y que nos dieran una mierda de cena, no nos
permitió disfrutar mucho de la agradable y tranquila Mendoza, de la
que nos fuimos sin hacer ni una foto.
En
Córdoba las cosas serían muy diferentes. Con la perspectiva
de tres días y medio de descanso, todo se veía diferente. Nuestra
estancia en el hostel Lacandona y la hospitalidad de sus
dueños tuvieron mucho que ver. Córdoba es una ciudad universitaria
grande, pero con un centro recogido en unas cuantas cuadras que se
pueden recorrer en unos pocos paseos. Un lugar no demasiado agitado,
con todo lo necesario para vivir y pasarlo bien: una amplia oferta
ocio-cultural que va desde bares, boliches y restaurantes hasta
teatros y museos, zonas verdes, calles vivas de cuidada arquitectura,
gente simpática de peculiar acento y una concentración fuera de lo
común de mujeres bonitas -o, mejor dicho, minas lindas-.
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| El cabildo y la catedral a continuación. |
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| La catedral de noche. |
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| Una antigua cárcel de mujeres convertida en un centro comercial y de arte. |
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| Arte callejero a favor del reciclaje. |
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| En la imagen, fotos de desaparecidos durante la dictadura. |
Entre
la autopista que une Córdoba con Buenos Aires, más cerca de esta
última que de la primera, se encuentra Rosario. Otra
agradable y próspera ciudad argentina, a orillas del Río de la
Plata, con incluso dos importantes equipos de fútbol como son
Newell´s Old Boys y Rosario Central, y que se
enorgullece de ser la cuna de dos personajes muy dispares: por un
lado, un histórico revolucionario que mató y murió por sus
ideales, comandando ejércitos a lo largo de Latinoamérica; por
otro, un enano circense que pasará a la historia por divertir a las
masas con un balón en los pies.
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| El río de La Plata a su paso por Rosario. |
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| Madres de Mayo en su ineludible cita semanal. |
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| Arriba y abajo, monumento a la Bandera. |
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| Fachada del hostel donde nos alojamos, bonito, cómodo, céntrico y con fruta para desayunar. |