jueves, 17 de mayo de 2012

Road trip: 9.000 km de Patagonia. La Ruta 40: glaciares, montañas, lagos y volcanes.


Llegó el momento de subir hacia el norte. El plan inicial era alternar las famosas Ruta 40 argentina y la Carretera Austral chilena, recorriendo los puntos más significativos de ambos lados de los Andes. Un problema con el suministro de combustible en Chile nos obligó a subir por la 40. Algún día tendré que volver para recorrer la Patagonia chilena como merece.

La primera parada fue El Calafate, una ciudad con menos de un siglo de vida y que en la actualidad sirve para albergar a los turistas que se acercan a conocer, entre otros, el glaciar más codiciado del mundo. Después de la paliza que nos habíamos dado, comer bien, beber cerveza artesanal y dormir en una cama fue tan emocionante como la maravilla natural que veríamos el día siguiente. Siempre echaremos de menos calafatear.

Si acercarse en coche al Perito Moreno impresiona, acercarse andando hasta escasos metros de la pared de hielo es de otro planeta. Uno helado, está claro. Las pasarelas colocadas para que el turismo de masas aprecie toda su grandeza desde diferentes puntos de vista restan algo de autenticidad al entorno. Es el resultado de tratar la naturaleza como un parque temático. Aún así, es difícil despegarse de ellas, cerrar la boca y evitar alargar la mano, como un boludo, para tocar el hielo. Pronto uno se olvida de la madera y el agua helada ocupa toda su atención. Horas de atención.



Al día siguiente abandonamos las inmediaciones del lago Argentino y nos encaminamos hacia el Viedma. Acompañados de un nuevo amigo italiano, al que habíamos recogido haciendo auto-stop de camino al Perito Moreno, llegamos al pueblo de El Chaltén. O, mejor dicho, al monte Fitz Roy. Primo hermano de sus vecinas las Torres del Paine, al igual que estas presenta las mismas peculiaridades geológicas y orográficas. Y, de la misma manera que pasa en el lado chileno, supone la capital del trekking argentino.

Un depósito que parece sacado de un escenario de Mad Max.

El Chaltén
Cuando llegamos, el tiempo nos dejó ver el pico en todo su esplendor. Las nubes, la lluvia y el frío aparecieron a la mañana siguiente y lo que iba a ser un trekking de dos días se convirtió en un tranquilo pero exigente paseo por la montaña. Dejamos la tienda (o carpa) y los sacos (o bolsas) en el coche y volvimos a dormir al hostel. En realidad no nos importó demasiado, ya habíamos hecho la cabra suficiente como para tomárnoslo con calma y seguir al próximo destino.

Las distancias en un país tan grande cobran un sentido muy diferente al que está acostumbrado un europeo, especialmente en la Patagonia. Cientos de kilómetros de soledad, horas de carretera entre pueblos semifantasmas; pura estepa despoblada de humanos, donde los animales salvajes okupan el asfalto, tan poco acostumbrados a los vehículos, que a menudo alguno paga su osadía pintándolo de rojo y sirviendo de festín a las rapaces. Quizás sea mejor morir así que no llegar a existir, expulsado por la superpoblación, sustituido por cadáveres de gatos y perros domésticos.

Dos días invertimos en la ruta. Para empezar, 300 o 400 kilómetros del peor ripio por el que rodamos. Constantemente éramos desviados hacia caminos secundarios habilitados para la ocasión. Divertidísimo. Sobre todo bajarse a recoger la rueda de repuesto cuando se cae por culpa de lo baches. Sin problema, ya nos habían avisado de que el camino sería movidito. Como también nos marcaron los pueblos donde podríamos cargar nafta (gasolina). ¡No te fíes nunca de un tipo que vive a seis horas por una camino de tierra! Cuando llegamos al pueblo, compuesto de una sola hilera de casas, nos encontramos con una gasolinera abandonada. Entro en el único bar abierto: “Hola amigo. ¿Hace cuánto que está cerrada la estación de servicio?” “Dos años.” Vamos, antes de ayer. Y por decir algo... “¿Y a cuánto está la próxima?” “En el siguiente pueblo, a 120 kilómetros.” Desesperado: “Llevamos un rato en reserva, ¿nadie nos podrá vender un poco de nafta?” “Aquí funcionamos todos con diésel. ¡Suerte!”

Sin mucha esperanza, por no decir ninguna, agarramos el coche. Empiezan los reproches y las excusas propias de la incertidumbre. Arranco, pongo el modo “ahorro máximo de gasolina” (pisar al mínimo el acelerador, pocas revoluciones, bajadas en punto muerto...) y dos horas y media después, a una media de 50 km/h, llegamos ante todo pronóstico al siguiente pueblo: Perito Moreno, que nada tiene que ver con el glaciar, pero que nos sirvió para plantar la tienda y descansar. En Argentina hay ciertos personajes que en doscientos años de historia han monopolizado con sus proezas el nombre de plazas, avenidas, calles, barrios e, incluso, pueblos: San Martín, Belgrano, Hipólito Yrigoyen... Francisco Pascasio Moreno...

Al día siguiente llegamos a Esquel, una pequeña y sencilla ciudad especializada en el turismo que atraen los deportes de invierno. Pero era verano y no veníamos a esquiar. Por la mañana, después de probar la trucha típica de la zona, tomar unas merecidas cervezas y dormir en una acogedora habitación sin paredes de tela, entramos en el Parque Nacional Los Alerces. Nada más entrar comprendimos por qué era tan verde. Porque no para de llover. O al menos mientras estuvimos nosotros. Un precioso lugar cubierto de bosques, lagos y ríos, perfecto para acampar y descansar después de tantos kilómetros. Otra vez será. En esta ocasión nos conformamos con refugiarnos en una cabaña y dar algún paseo.


Un pequeño roedor junto a la tapa del objetivo de la cámara.
Un buen sitio donde comer.
En la zona norte de Los Alerces apareció el sol, que ya nos acompañaría hasta que salimos de Argentina. Cruzaríamos nuevos parques nacionales y pueblos o ciudades tan emblemáticas como Villa La Angostura, San Martín de los Andes o San Carlos de Bariloche. A esta última llegamos huyendo de la lluvia. Enseguida comprendí por qué este es uno de los lugares preferidos por los argentinos para tomarse unas vacaciones. Una ciudad bonita y acogedora que parece robada de los Alpes, urbanizaciones a orillas de espectaculares lagos con playas, vegetación, montañas, una estación invernal, restaurantes, cervecerías alemanas que elaboran su propia cerveza artesanal, boliches (discotecas)... ¡qué más se puede pedir!
¿Nieve al final del verano? La parte blanca que se distingue en los picos de la foto de arriba y de abajo es ceniza.



A partir de aquí, nuestro viaje transcurriría por el Camino de los 7 lagos. Siguiente parada, Villa La Angostura y su P. N. Los Arrayanes, ubicado en una lengua de tierra que se adentra en un lago, cuyo premio final es un bosque de arrayanes -un singular árbol de tronco color canela- único en el mundo. Recomendamos encarecidamente atravesar el parque andando o en bicicleta, ahorrarse el ferry y disfrutar del sendero.

La tónica general de la primera parte de los 7 lagos estuvo marcada por un fenómeno que condiciona muchas veces la vida de sus habitantes. Las cenizas del volcán Puyehue vuelan desde Chile para llenar cielo, tierra y calles, e incluso aislar a la gente en sus casas, como si de una gran nevada se tratase. Para nosotros, turistas, no pasaba de ser una curiosidad con el único perjuicio de ver turbio el horizonte. Superada esta fase, el sol volvió a iluminar los lagos. Y así, entre parada y parada, llegamos a San Martín de los Andes, con su puerto deportivo, sus casas de madera, sus calles perfectas que ya en temporada baja seguían abarrotadas de transeúntes. Con el cansancio de varias horas conduciendo entre lagos y montañas, el pueblo nos sorprendió como un oasis donde descansar. Ahora echo de menos la foto que no hice, pero, una vez más, las ansias de llegar vencieron al impulso de parar.
La neblina no es otra cosa que cenizas flotando en el aire.


Llegó el momento de volver a cruzar la frontera con Chile, no sin antes hacer una parada para deleitarnos con el imponente volcán Lanín. Una ceremonia religiosa indígena nos privó de acercarnos más a la falda de la montaña. Inmediatamente el volcán paso a un segundo plano. Lo difícil fue vencer la tentación de no respetar la intimidad del rito y colarnos a verlo. Pero así ha de ser. Nos conformamos con subir una empinada cuesta y encaramarnos a una peña desde donde pudimos ver una panorámica del Lanín y un lago que se encuentra enfrente. Los cóndores planeaban a escasos metros de nuestras cabezas. Un buen premio de consolación.

Abandonamos con mucho esfuerzo nuestro refugio. Tocaba enfrentarse con los duros aduaneros chilenos. Tienen fama de tocapelotas, así que nos comimos toda la verdura en una enorme ensalada y escondimos lo mejor que pudimos el resto de la comida fresca que llevábamos: dos kilos de fruta entre la ropa sucia, que luego cambiamos al asiento del conductor al ver que estaban registrando el maletero de un coche parado más adelante, y el queso y el salame apestando en la guantera. “¿Lleváis algo de comida?” Podríamos llevar armas o un kilo de cocaína, pero parecía que eso le importaba menos. “No, un poco de aceite de oliva y alguna lata.” “Bien, vamos a comprobarlo.” Después de revolver con un par de dedos los kilos de mierda que llevábamos en el asiento trasero, se dirige directo a la guantera. Desde fuera del coche sentimos la ráfaga del queso mezclado con el embutido. Ante nuestro asombro la cierra de nuevo, sigo pensando que del asco que le dio, y mete la zarpa directamente debajo del asiento. Saca la bolsa esbozando media sonrisa y gira ligeramente la cabeza como diciendo: “¡Os he pillado!” “Qué íbamos a hacer, no la íbamos a tirar”. Así que ahí mismo nos comimos dos duraznos (melocotones) y cuatro bananas, regalamos un par de manzanas a un señor que andaba por allí y abandonamos el resto a su suerte. Al menos logramos pasar un kilo de fruta ilegal en nuestros estómagos.


Santos, santas y santuarios.
No podía abandonar la Patagonia argentina sin hacer un pequeño homenaje a los santos y santas populares, objetos de cuentos, leyendas y devociones, y cuyos santuarios más o menos improvisados riegan las carreteras. Entre la larga lista hay que destacar a dos: la Difunta Correa y el Gauchito Gil. Ella, una mujer que murió de sed en el desierto cuando seguía los pasos de su marido alistado a la fuerza en el ejército. El día siguiente la encontraron, ya difunta, dando el pecho a su bebé. Él, un gaucho que, tras desertar del ejército, es apresado y ejecutado, no sin antes obrar el milagro de salvar la vida del hijo de su verdugo. 
 
Los santuarios de la Difunta Correa suelen estar rodeados de botellas de agua para que beba.


Por estos hechos, ambos son idolatrados y sus tumbas son desde entonces lugares de peregrinación. Muchas personas les rinden culto construyendo pequeños santuarios, tanto en sus casas como en lugares públicos.
 
Los santuarios del Gauchito Gil suelen tener varias figuras y otras ofrendas de sus devotos.

jueves, 10 de mayo de 2012

Road trip: 9.000 km de Patagonia. Torres del Paine, Chile.


La importancia de uno de los parques nacionales más bellos del mundo y el pateo de cinco días que nos dimos, bien merecen un capítulo aparte. Después de hacer noche en Río Gallegos, nos dirigimos hacia el oeste. Para alegría de nuestros ojos, poco a poco, según nos acercábamos a los Andes, el paisaje y la carretera cambiaban. Por primera vez desde hacía varios miles de kilómetros afrontábamos subidas, bajadas y curvas. Colinas, llanuras y lagunas se sucedían, siempre con enormes picos nevados de fondo. Los colores variaban. El espectáculo comenzaba.

Mucho antes de llegar ya se divisaba la verticalidad de las Torres.



La llegada a Torres del Paine fue toda una experiencia. Desde el momento que nos saltamos el desvío para tomar un camino de tierra que nos llevaría al paso fronterizo de Cancha Carrera, en medio del campo, entre montañas y animales, donde tuvimos que esconder los alimentos que nos sustentarían en uno de los trekkings más fascinantes que se pueden hacer, hasta divisar la estampa de las moles de roca que dan nombre al parque y que no fotografié pese a ser una de las imágenes más impactantes que tuve la suerte de ver. Simplemente no quise parar, pensando que podría hacerlo a la vuelta. ¡Error! La próxima vez que pasaría por allí lo haría de noche. Así que todo quedó en una valiosa lección para el futuro.

A partir de ahí, todo fue como la seda. Cinco días de trekking y acampada para completar el circuito conocido como la W, de más de 70 kilómetros de distancia, con las mochilas bien cargadas con equipo y comida. 

El primer día realizamos la subida a Las Torres.



Se puede apreciar el cambio de paisaje hasta llegar a la base de las Torres.
El segundo día avanzamos bordeando enormes lagos de agua azul turquesa, fruto de los sedimentos que aportan los glaciares al deshelarse, hasta llegar al campamento de Los Cuernos, que recibe el nombre de unos enormes picos bicolores.




El tercer día tocaba la ascensión por el valle del Francés. Por primera vez, pude oír cómo tronaba un glaciar al desprenderse enormes trozos de hielo y nieve. El premio final de la ascensión era un mirador de roca, superado el campamento Británico, con una espectacular vista de 360º.

La nieve se precipitaba formando enormes nubes de nieve.


El cuarto día tocaba atravesar parte de la zona afectada por un enorme incendio tan solo un par de meses antes, provocado por la ineptitud de un excursionista al cocinar. Desde aquí, ¡torpe, la próxima vez come sandwiches! A mitad de camino llegamos al lago Grey. Los gigantescos témpanos de hielo que se desprendían del glaciar homónimo, de un profundo azul casi artificial, fueron el primer aviso de lo que nos encontraríamos poco después. De repente, tras una pronunciada subida, ahí estaba la muralla de hielo respaldada por un desierto de hielo infinito. Ni lo que pueda decir, ni las fotos que voy a mostrar, se acercan a la sensación de ver el Grey por primera vez. Así que tendréis que ir a verlo. 

 De camino al Grey dejamos atras los imponentes Cuernos.


Alrededor del lago al que volveríamos más de un día después para coger el ferry (en la imagen) 
la vegetación había sido arrasada por el fuego.


Algunos témpanos de hielo eran tan grandes que empequeñecían los barcos.


 Vista del glaciar Grey al caer la tarde.


El último día, antes de volver a coger el catamarán que nos llevaría de vuelta al coche, me levanté temprano para acercarme aún más al glaciar. El camino de ida decidí hacerlo por una ruta alternativa, rematada por una comprometida trepada hasta 
el mirador del campamento Los Guardas. El esfuerzo mereció la pena, ya que pude acercarme más a los hielos. La vuelta la hice corriendo en apenas veinte minutos, para emprender cuanto antes el camino de vuelta, durante el cual no se nos borró ni un segundo la sonrisa de la cara.

Desde esta perspectiva, encima del glaciar, parece que el hielo no acaba nunca.
El primer sol de la mañana resalta el azul glaciar.



Al alejarnos era imposible no volver la vista atrás.


El azul turquesa del lago Pehoé y los Cuernos vistos desde el catamarán.

A última hora de la tarde, las ganas de cenar caliente y agarrar un catre cutre vencieron al cansancio y a las pocas ganas de volver a montar la tienda. Con lo que cogimos el coche y emprendimos la vuelta a Argentina, espantando guanacos y liebres con los focos de nuestras luces.


Una crítica al P. N. Torres del Paine. 

Lo más positivo es que está muy bien organizado. Tiene los campings y refugios necesarios para recorrer todo el parque y están bien diseñados para, sin ser incómodos, respetar el entorno con el menor deterioro posible. En general, está bastante cuidado. Incluso ya estaban reparando algunos daños provocados por el fuego. En gran parte gracias al joven voluntariado chileno, dicho sea de paso.

Lo negativo: todo es muy caro. Para empezar te sacan 25 eurazos por la entrada al parque. El camping te lo cobran a precio de hostel. Para un par de mochileros una cama en un refugio ni se nos pasó por la cabeza. Allí compramos el pan más caro de nuestra vida. Y encima la calidad... Para cenar caliente en los refugios y no reventar el presupuesto, repartimos un menú un par de noches. Con buena onda y algo de propina conseguimos mayor ración que la que nos correspondía. En el siguiente refugio nos sentamos a la mesa y nos sirvieron dos cenas en lugar de una. ¡Bendito error! El último atraco se produce en el ferry que cruza el lago Pehoé para llevarte de vuelta al principio. Si no quieres, o no puedes, caminar uno o dos días más por donde has venido, tienes que pagar otros 25 dólares por una hora de viaje lacustre.

Siempre he defendido que la naturaleza es de todos y que es tanto nuestro deber protegerla como nuestro derecho disfrutarla. Enriquecerse a costa de quienes hacemos ambas cosas es un motivo de rechazo. Como protesta ante este hecho decidimos no pagar ni una sola noche de camping ;)

Pese a todo, pagaría más por repetir la experiencia.