El 16 de febrero, en el auto que consiguió prestado mi gran amiga argentina, cargado hasta los topes y con dos ruedas de repuesto, salimos a recorrer el sur del continente, en una aventura que duraría 37 días. Miles de kilómetros tan iguales y tan diferentes como las dos personas que íbamos en el coche. Atravesar La Pampa fue el prólogo de la interminable llanura que supone la Patagonia oriental . Carreteras trazadas con una regla y un paisaje infinito nos esperaban en los siguientes 4.000 kilómetros. ¡Casi nada! Conversaciones triviales, discusiones absurdas y estupideces varias, ocupaban las horas. Chupar mate y las ocho mil canciones que cargamos en el iPod, también ayudaron a amenizar el trayecto.
Después
de una noche en Bahía Blanca, donde la maga Jenni se sacó de la
chistera la casa de unos familiares lejanos que nos trataron de la
mejor manera posible, a base de comida y vino, llegamos a nuestro
primer destino: Península Valdés. Allí nos encontramos con
un paisaje desértico, salpicado de salinas y de los animales más
extraños para un europeo. Los guanacos y los ñandús
se mezclaban con las miles de ovejas que pastaban a sus anchas aquí
y allá. Nada comparado con las colonias de pingüinos, elefantes
y leones marinos que íbamos a ver.
A los elefantes marinos solo se les puede observar desde lejos para no alterar su tranquilidad.
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Los pingüinos, más ágiles y capaces de subir colinas, campan a sus anchas.
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Impresionante ver al inmenso león marino del centro proteger su harén a dentelladas.
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En Península Valdés estrenamos dos constantes para el resto del viaje: la primera era ahorrar lo máximo posible o, lo que es lo mismo, pagar lo mínimo posible. Así, Jenni conducía en la entrada de cada parque nacional y era la única que hablaba, para pasar los dos por argentinos y pagar en torno a la cuarta o quinta parte. Mientras, yo me hacía el interesado y me despedía con un “grasias” una vez pagada la entrada. Luego, a la hora de alojarnos, era mi turno de regatear e hincharle las pelotas al encargado, con lo que solíamos sacar sobre un 25% de descuento. El que no llora, no mama. Compartir los gastos de gasolina con gente que recoges por el camino es otra buena forma de ahorrar unos pesos.
La
segunda novedad que nos acompañaría casi todo el viaje fue las
carreteras de ripio (tierra y grava), por las que acabaríamos
haciendo casi dos mil kilómetros. ¡Me sentía como en un videojuego
de rallies! Hasta las señales amarillas que señalaban las curvas
parecían sacadas del Collin McRae. Solo faltaba que mi copilota me
las marcara con un “medium left” o un “easy right”. Por
desgracia ella nunca había jugado y no lo vivía como yo. En solo un
par de días, cada vez que derrapábamos a más de cien por hora y un
sudor helado invadía mi cuerpo, pasó de un exagerado alarmismo a un
irresponsable silencio. ¡Menos mal que en esta parte de la Patagonia
puedes manejar cientos de kilómetros sin cruzarte con un coche!
Aunque agotadoras, estas
maravillosas carreteras polvorientas fueron una nueva experiencia
inolvidable.
Al fondo, una madre ñandú corre para poner a salvo a sus polluelos.
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Con
el coche cubierto de polvo por fuera y por dentro pasaríamos la
reserva faunística de Punta Tombo, donde viven tan solo medio
millón de pingüinos. Mirases
donde mirases había pequeños grupos familiares y fueses donde
fueses te acompañaba un penetrante olor a pescado que, me imagino,
procedía de sus nidos y sus restos (¿quizás de sus alientos
también?). Increíble lugar. Por otra larguísima carretera de ripio
llegaríamos a Camarones, un apacible pueblo costero, donde se puede comer buen
pescado acompañado de cerveza fresca.
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Punta Tombo y sus miles de pingüinos.
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La
última etapa hasta llegar a Río
Gallegos, nuestro límite meridional, estuvo marcada por
los más de mil kilómetros que recorrimos y las tres horas (en
principio iban a ser seis) que estuvimos haciendo cola en una
gasolinera esperando al camión cisterna. La siguiente con suministro
estaba a quinientos kilómetros. Cosas de la Patagonia.
| La cola de más de cien coches que se formó en un par de horas. |


Nachete me encantan los pinguinos!!!! que lindas fotos!!!
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