lunes, 3 de septiembre de 2012

Entrada en Bolivia. Tour de Uyuni.


El tour comienza con los trámites fronterizos. Aquí queda patente la diferencia entre las infraestructuras chilenas y bolivianas. De un lado, una moderna oficina llena de personal y escáneres. Del otro, en medio de la nada, una caseta similar a un refugio de pastores, con una mesa, un funcionario sellando pasaportes y un oficial de policía. Hecho el traslado de una frontera a otra, empieza el viaje.
Al fondo, la oficina de inmigración boliviana.
Roberto con las gafas que le regaló Daniel.
Desde el principio entablé conversación con una pareja suiza que venía dando la vuelta al mundo. En seguida se nos unió otra formada por una galesa y un holandés. Así que fue fácil dividirnos en dos grupos de cinco para compartir los 4x4, y todo lo demás, los siguientes 3 días: habitación, comidas... Al rato ya éramos una piña a bordo del Toyota Land Cruiser que conducía nuestro entrañable guía Robert De Niro, tal como se presentó. Como era el único que viajaba solo y que hablaba bien español, tuve la suerte de hacer todo el viaje en el asiento delantero, charlando con Roberto y ejerciendo de traductor.
Laguna Verde

El primer día del tour se gana altura en el altiplano boliviano, hasta llegar a una altura de 5000 metros, para luego bajar a dormir a unos 4300 metros. Por el camino se atraviesan lagunas, termas, géiseres, montañas y desiertos. El colofón final lo pone la indescriptible Laguna Colorada. Muy cerca de allí se encuentra el refugio. Aunque aquella noche durmiera vestido, con guantes, gorro y siete mantas encima presionándome el esternón, hasta la mitad de la noche no pude entrar en calor. Al menos íbamos avisados del frío. ¡Menos mal que había camas libres de donde birlar mantas!
Las piedras de Dalí recuerdan a alguno de sus cuadros surrealitas.
En las aguas termales con más de 30 grados de temperatura.
Géiser
Laguna Colorada


Flamencos en la Laguna Colorada.

El día siguiente atravesamos nuevas llanuras y lagunas, bosques de piedra y otras formaciones geológicas. Finalizamos la jornada a las puertas del salar de Uyuni, en un hotel construido enteramente de sal, desde sus muros hasta las mesas sobre las que cenamos y las camas donde dormimos. Allí coincidimos con otros grupos, entre ellos el de unos amigos italianos y franceses con los que compartiría durante el mes siguiente diferentes fases del viaje por Bolivia.
El árbol de piedra.



Grupo de vicuñas.
Buena señal. Lo mejor, la mujer orinando.
Parada para comer.
Aquí vivían los Picapiedra.

Un loco francés que venía desde la Patagonia en su bici.

Tocaba madrugón para ver amanecer en el salar de Uyuni. Pese al cansancio y el frío intratable, el espectáculo es tal que sería un pecado perdérselo. Por fortuna, nuestro conductor, Roberto, despertó sobrio. El de los italianos llevaba tal caraja que se salió un par de veces de la carretera y acabó perdiéndose.



Desayunamos en la Isla del Pez. Este pedazo de tierra en medio del mar de sal está cubierto de enormes cactus y una capa de misticismo que le confiere una magia especial. Que exista esta superficie ingente de sal se debe a que en un momento, hace muchos millones de años, todo este territorio se encontraba sumergido en el mar. Los movimientos tectónicos se encargaron de elevarlo y el tiempo de secar sus aguas.


Es curioso lo difícil que es calcular las distancias en un paisaje tan plano y monótono. Antes de cruzar el fragmento de desierto de sal que se visita -cruzarlo entero llevaría días-, había que parar en medio de la nada para hacer las tontas pero divertidas fotos de rigor.




Antes de salir del salar, parada en el primer hotel de sal -ahora museo de sal- y visita a la mina que da suministro a todo el país. Cabe decir que esta se encuentra en el límite del salar, en un lugar accesible desde la población de Uyuni, ya que la sal aflora de nuevo con la lluvia, por lo que es innecesario explotar ningún otro punto.


El tour termina en el cementerio de trenes de Uyuni. Antiguas máquinas que trasladaban la sal hasta el mar atravesando un territorio chileno que antes perteneció a Bolivia. Una propina que sirve para poco más que engrosar la lista de actividades que te venden en la agencia. Uyuni es un pueblo sin nada que ver ni hacer, más que visitar el salar. Descansaríamos una noche allí antes de seguir hacia el próximo destino: Potosí.

lunes, 27 de agosto de 2012

Atacama, el lugar más seco del planeta


En Chile, cerca de las fronteras de Argentina y Bolivia, está el desierto de Atacama. Aquí se registran los niveles más bajo de lluvia del planeta. De hecho, desde que se realizan estas mediciones hay lugares en los que nunca se han registrado precipitaciones. Esto es lo más parecido a Marte que podemos visitar la mayoría de los mortales.

Pues bien, aquí, en pleno desierto, se encuentra San Pedro de Atacama. Una pequeña ciudad fronteriza que antes estaba dedicada por entero a la minería y ahora se debe al turismo. Fue un conflicto por la explotación de las minas lo que provocó la Guerra del Pacífico, durante la cual Chile invadió y se anexionó esta zona y los territorios del norte, antes bolivianos, dejando a este país sin salida al mar. Agencias, hospedajes, bares y restaurantes, alquileres de bicicletas y sandboards, tiendas de souvenirs, oficinas de cambio de moneda... es todo lo que hay. Visitantes y trabajadores que dan servicio en estos locales pueblan la calles.

Me alojé en el hostel más barato de la ciudad -también el más frío- y busqué la mejor manera de visitar el desierto. No quería dedicarle más del tiempo justo para ello, pues ya había estado demasiado tiempo en Salta y quería pasar cuanto antes a Bolivia. Además, como suelen ser todas las ciudades aisladas, San Pedro es un pozo de perversión, llena de turistas con ganas de pervertirse y con precios caros hasta para estar en Chile. Y como me conozco...

Las opciones si no tienes vehículo propio son pocas. O contratas caros tours para ir a los lugares de interés -lagunas, géisers, sandboard en el Valle de la Muerte, atardecer en el Valle de la Luna con pisco sour...-, o te alquilas una bicicleta y vas a lo tuyo. Los dos primeros están lejos para ir a dedo. Por esta misma razón los tours son caros, y además iba a ver algo parecido pocos día después en Bolivia. Lo que más me interesaba era el desierto puro y duro. Así que reuní un grupo con dos alemanes y dos valencianos para poder negociar mejores precios, conseguí una oferta para hacer un par de horas de sandboard en el Valle de la Muerte y ver anochecer en el Valle de la Luna, y en el último momento les dejé tirados y me alquilé una bici y una tabla para ir a mi bola. Así soy yo. Mi aversión a los tours y que prefería dedicarle un día entero a cada cosa, hizo que me decantara por esta opción.



Y me alegro de haberlo hecho así. El primer día me di la paliza del siglo pedaleando por baches y arena y subiendo dunas gigantescas para tirarme con mi tabla. Cuando llegué al Valle de la Luna y vi las bicis de tres chicos ingleses, me dije: "Aquí es". Cuando después de media hora llegué a lo alto de la duna, vomitando el corazón y los pulmones, me dije: "Aquí no puede ser". En efecto, un par de horas después, empezaron a llegar los tours y se dirigieron directamente a otra duna más baja. Eso sí, las vistas desde lo alto merecieron la pena, así como la velocidad que alcanzabas bajando esta montaña de arena. Al rato me cambié de duna y me fui con los demás, a su cómoda duna, con camino en zeta para subir. Aún así era extenuante. Pero fue divertido. A la vuelta me había ganado un gran chop de cerveza.


Vista desde la duna más alta.

Descendiendo por la duna más baja.
El otro día volví a la misma tienda de bicicletas, saqué otro buen precio por ella y me fui directo al Valle de la Muerte. Por el camino me uní a una joven alemana. Con su compañía y mi eterna juventud, pagué precio de estudiante en la entrada del parque y pedaleamos por el valle hasta el atardecer. Impresionante.



Las cuevas o cavernas.

Las Tres Marías.
Mina de sal abandonada.
Vista del Anfiteatro.
Atardecer en el Valle de la Muerte.
Antes ya había reservado el único tour que pretendía hacer en Sudamérica: tres días hasta el salar de Uyuni. Desde Chile es bastante más caro hacer este tour que desde Bolivia. Sin embargo, el coste del viaje y la noche que hay que pasar por el camino se come casi toda la diferencia. Por lo que preferí no perder tres días más y hacerlo desde allí. El precio oscilaba entre los 60.000 pesos chilenos (unos 130 dólares) de la agencia más barata y menos recomendada hasta los 75.000 (más o menos 150 dólares) de las más caras. Estas últimas son las que más margen tienen para negociar. Fui a la que tenía mejores opiniones (Estrella del Sur o algo así), antes del cierre de los grupos que partían el día siguiente. Faltaban dos plazas por cubrir. Les dije que todo lo que tenía eran 65.000 y que si no me tendría que ir a otra agencia peor pero más económica. Aceptaron. Eran 65.000 o nada.