viernes, 20 de abril de 2012

Road trip: 9.000 km de Patagonia. Rumbo al sur por la costa atlántica.


El 16 de febrero, en el auto que consiguió prestado mi gran amiga argentina, cargado hasta los topes y con dos ruedas de repuesto, salimos a recorrer el sur del continente, en una aventura que duraría 37 días. Miles de kilómetros tan iguales y tan diferentes como las dos personas que íbamos en el coche. Atravesar La Pampa fue el prólogo de la interminable llanura que supone la Patagonia oriental . Carreteras trazadas con una regla y un paisaje infinito nos esperaban en los siguientes 4.000 kilómetros. ¡Casi nada! Conversaciones triviales, discusiones absurdas y estupideces varias, ocupaban las horas. Chupar mate y las ocho mil canciones que cargamos en el iPod, también ayudaron a amenizar el trayecto.

Después de una noche en Bahía Blanca, donde la maga Jenni se sacó de la chistera la casa de unos familiares lejanos que nos trataron de la mejor manera posible, a base de comida y vino, llegamos a nuestro primer destino: Península Valdés. Allí nos encontramos con un paisaje desértico, salpicado de salinas y de los animales más extraños para un europeo. Los guanacos y los ñandús se mezclaban con las miles de ovejas que pastaban a sus anchas aquí y allá. Nada comparado con las colonias de pingüinos, elefantes y leones marinos que íbamos a ver.

A los elefantes marinos solo se les puede observar desde lejos para no alterar su tranquilidad.
 Los pingüinos, más ágiles y capaces de subir colinas, campan a sus anchas.

Impresionante ver al inmenso león marino del centro proteger su harén a dentelladas.


En Península Valdés estrenamos dos constantes para el resto del viaje: la primera era ahorrar lo máximo posible o, lo que es lo mismo, pagar lo mínimo posible. Así, Jenni conducía en la entrada de cada parque nacional y era la única que hablaba, para pasar los dos por argentinos y pagar en torno a la cuarta o quinta parte. Mientras, yo me hacía el interesado y me despedía con un “grasias” una vez pagada la entrada. Luego, a la hora de alojarnos, era mi turno de regatear e hincharle las pelotas al encargado, con lo que solíamos sacar sobre un 25% de descuento. El que no llora, no mama. Compartir los gastos de gasolina con gente que recoges por el camino es otra buena forma de ahorrar unos pesos.

La segunda novedad que nos acompañaría casi todo el viaje fue las carreteras de ripio (tierra y grava), por las que acabaríamos haciendo casi dos mil kilómetros. ¡Me sentía como en un videojuego de rallies! Hasta las señales amarillas que señalaban las curvas parecían sacadas del Collin McRae. Solo faltaba que mi copilota me las marcara con un “medium left” o un “easy right”. Por desgracia ella nunca había jugado y no lo vivía como yo. En solo un par de días, cada vez que derrapábamos a más de cien por hora y un sudor helado invadía mi cuerpo, pasó de un exagerado alarmismo a un irresponsable silencio. ¡Menos mal que en esta parte de la Patagonia puedes manejar cientos de kilómetros sin cruzarte con un coche! Aunque agotadoras, estas maravillosas carreteras polvorientas fueron una nueva experiencia inolvidable.

Al fondo, una madre ñandú corre para poner a salvo a sus polluelos.
Con el coche cubierto de polvo por fuera y por dentro pasaríamos la reserva faunística de Punta Tombo, donde viven tan solo medio millón de pingüinos. Mirases donde mirases había pequeños grupos familiares y fueses donde fueses te acompañaba un penetrante olor a pescado que, me imagino, procedía de sus nidos y sus restos (¿quizás de sus alientos también?). Increíble lugar. Por otra larguísima carretera de ripio llegaríamos a Camarones, un apacible pueblo costero, donde se puede comer buen pescado acompañado de cerveza fresca.



Punta Tombo y sus miles de pingüinos.
Llegando a Camarones el ripio transcurre paralelo al Atlántico.
La última etapa hasta llegar a Río Gallegos, nuestro límite meridional, estuvo marcada por los más de mil kilómetros que recorrimos y las tres horas (en principio iban a ser seis) que estuvimos haciendo cola en una gasolinera esperando al camión cisterna. La siguiente con suministro estaba a quinientos kilómetros. Cosas de la Patagonia.

La cola de más de cien coches que se formó 
en un par de horas.

domingo, 1 de abril de 2012

Hace unos años decidí realizar un viaje que me llevase a atravesar Latinoamérica de punta a punta. Entonces iba a comenzar en México para terminar en Argentina. Algunas circunstancias hicieron que retrasase el plan y otras que vinieron después hicieron que le diera la vuelta. 

Con cuatro camisetas, una netbook y la cámara de mi colega "El largo" llegué a Buenos Aires el 14 de febrero de 2012. A partir de aquí no sabía por dónde transcurriría mi viaje ni cuánto tiempo me llevaría. Aunque antes de partir sí sabía una cosa: que el tiempo pasa y que tenía que hacerlo ya...